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Muros

Ayer pasé el día en Sant Vicenç, ayudando a mi padre a construir un muro en un terreno, para separar su parte de la del vecino. Mientras estaba preparando una hormigonera, me quedé con la imagen del encofrado, lleno de cemento, y la valla metálica que estaba quedando aprisionada: mi padre a un lado, y mi vecino al otro. Ambos alisando masa silenciosamente, atentos sólo a su mitad del muro. Trabajando juntos para separarse. 

Puede parecer estúpido, pero me ha hecho pensar en que precisamente lo mismo, aunque en mayor magnitud, es lo que ha estado haciendo el hombre desde que es consciente de que lo es. El primitivo sentido de la propiedad ha llevado a construir y a autoimponerse fronteras de hasta dónde puede entrar una persona o un determinado grupo o clase de personas.

Quién sabe si el hombre hubiera progresado tanto si el instinto nos hubiera llevado a priorizar el compartir antes que el separar. Probablemente, no se hubiera vertido tanta tinta escribiendo en las páginas de la Historia sobre este eterno retorno de guerras y de nacionalismos, de muros levantados. Y a ambos lados, primos muy lejanos, pero hermanos en el fondo.

De todos modos tampoco tuve mucho tiempo para reflexionar sobre bobadas. Había un muro que terminar y, afortunadamente, no se iba a levantar solo.

 

Imagínate…


…que entran en tu casa un día. No se han llevado nada de valor, así que te daría igual, pero resulta que lo más valioso, lo más importante para tí, lo único que te importaba de verdad, se lo llevan. Pongamos por ejemplo que es tu diario personal, el que llevas escribiendo desde que tenías uso de razón, aunque aquí podéis poner el ejemplo que mejor os parezca.









Imagínate que te enteras de quién te ha robado, aunque no tienes pruebas. Es la casera, con la que te llevas particularmente mal y lleváis varios meses discutiendo si el recibo de tal mes realmente se lo pagaste o no. Tampoco vas a denunciarla por algo, a la vista de los demás, tan insignificante. Además, te preguntas qué coño va a querer hacer ella con el diario. Poca cosa más allá del morbo de maruja.









Un día la casera muere, así que aprovechas para hablar con su familia, y ver si así puedes conseguir que te devuelvan el diario. Cuál es tu sorpresa cuando te dicen que llevaba años haciéndolo a todos sus inquilinos, vete a saber por qué, es que la vieja chocheaba.









Cosas así pueden pasar, hoy en día la gente está cada vez más loca, piensas. Pero lo que acaba por hacerte estallar la paciencia es que te hayan dicho que no, que no te lo devuelven. Que resulta que la difunta les tenía mucho cariño y que ya era un símbolo para la familia. Y que, además, hay inquilinos que vete a saber tú donde estarán ahora, y que para qué deshacerse de ellos, cuando juntos se pueden aprovechar mejor. Que uno de la familia, que es escritor, le puede sacar mucho provecho, eso sí, guardando la intimidad. Y que incluso podrás cobrar parte del beneficio que se saque. Pero que no se te ocurra pensar que volverás a tenerlo en tus manos.









Ahora cambiate a tí por un republicano catalán expoliado durante la Guerra Civil y cambia el diario por los papeles que le pertenecían, y extrapola todo lo demás. Y después juzga quién tiene razón.




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