Imagínate…


…que entran en tu casa un día. No se han llevado nada de valor, así que te daría igual, pero resulta que lo más valioso, lo más importante para tí, lo único que te importaba de verdad, se lo llevan. Pongamos por ejemplo que es tu diario personal, el que llevas escribiendo desde que tenías uso de razón, aunque aquí podéis poner el ejemplo que mejor os parezca.




Imagínate que te enteras de quién te ha robado, aunque no tienes pruebas. Es la casera, con la que te llevas particularmente mal y lleváis varios meses discutiendo si el recibo de tal mes realmente se lo pagaste o no. Tampoco vas a denunciarla por algo, a la vista de los demás, tan insignificante. Además, te preguntas qué coño va a querer hacer ella con el diario. Poca cosa más allá del morbo de maruja.




Un día la casera muere, así que aprovechas para hablar con su familia, y ver si así puedes conseguir que te devuelvan el diario. Cuál es tu sorpresa cuando te dicen que llevaba años haciéndolo a todos sus inquilinos, vete a saber por qué, es que la vieja chocheaba.




Cosas así pueden pasar, hoy en día la gente está cada vez más loca, piensas. Pero lo que acaba por hacerte estallar la paciencia es que te hayan dicho que no, que no te lo devuelven. Que resulta que la difunta les tenía mucho cariño y que ya era un símbolo para la familia. Y que, además, hay inquilinos que vete a saber tú donde estarán ahora, y que para qué deshacerse de ellos, cuando juntos se pueden aprovechar mejor. Que uno de la familia, que es escritor, le puede sacar mucho provecho, eso sí, guardando la intimidad. Y que incluso podrás cobrar parte del beneficio que se saque. Pero que no se te ocurra pensar que volverás a tenerlo en tus manos.




Ahora cambiate a tí por un republicano catalán expoliado durante la Guerra Civil y cambia el diario por los papeles que le pertenecían, y extrapola todo lo demás. Y después juzga quién tiene razón.