Muros

Ayer pasé el día en Sant Vicenç, ayudando a mi padre a construir un muro en un terreno, para separar su parte de la del vecino. Mientras estaba preparando una hormigonera, me quedé con la imagen del encofrado, lleno de cemento, y la valla metálica que estaba quedando aprisionada: mi padre a un lado, y mi vecino al otro. Ambos alisando masa silenciosamente, atentos sólo a su mitad del muro. Trabajando juntos para separarse. 

Puede parecer estúpido, pero me ha hecho pensar en que precisamente lo mismo, aunque en mayor magnitud, es lo que ha estado haciendo el hombre desde que es consciente de que lo es. El primitivo sentido de la propiedad ha llevado a construir y a autoimponerse fronteras de hasta dónde puede entrar una persona o un determinado grupo o clase de personas.

Quién sabe si el hombre hubiera progresado tanto si el instinto nos hubiera llevado a priorizar el compartir antes que el separar. Probablemente, no se hubiera vertido tanta tinta escribiendo en las páginas de la Historia sobre este eterno retorno de guerras y de nacionalismos, de muros levantados. Y a ambos lados, primos muy lejanos, pero hermanos en el fondo.

De todos modos tampoco tuve mucho tiempo para reflexionar sobre bobadas. Había un muro que terminar y, afortunadamente, no se iba a levantar solo.